Uno de los descubrimientos que se producen relativamente pronto, a medida que uno practica la meditación, tiene que ver con las dinámicas de la mente y es algo que se suele denominar “la mente del mono”.
Suena un tanto despectivo, pero no va por aquí la cosa. A lo que se refiere este término es que nuestra mente, aunque no nos demos cuenta, porque no nos damos cuenta, está constantemente de aquí para allá, saltando de rama en rama, de un pensamiento a otro, sin parar. Como un mono loco, errante y sin control. Puede que tengas una intuición de que eso sucede, pero es dudoso que la tengas de la magnitud y profundidad en que sucede. Y es algo que nos resultará útil observar y comprender ya que, en demasiadas ocasiones, el mono actúa con poco juicio y causando problemas innecesarios.
Este concepto aparece en la mayoría de tradiciones contemplativas. El budismo, sufismo o hinduismo suelen acudir a la metáfora del mono mientras que Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, llamaba a la mente “la loca de la casa”. El equivalente en psicología sería la rumiación o lo que William James, uno de los padres de la disciplina, denominaba la corriente de la consciencia. La neurociencia, por su parte, lo asocia, como hemos visto anteriormente, a la Red Neuronal por Defecto (RND).
La mente nunca para. Jamás. El cerebro apenas supone el 5% del peso del cuerpo, pero en cambio consume el 20% de la energía o el 50% de la glucosa. Hagamos lo que hagamos, esas cifras se mantienen constantes. Cuando uno está en reposo, es decir si uno intenta sentarse en el sofá sin pensar en nada, en cuestión de décimas de segundo el mono toma las riendas y se pone en marcha. Agarra la primera rama que encuentre y, normalmente, ya no le ves más en un buen rato.
Es algo muy poco intuitivo, en el sentido de que uno raramente se da cuenta, si no está, por así decirlo, entrenado en su observación. Pertenece al tipo de descubrimientos sorprendentes que suele proporcionar la meditación y que responden a un denominador común: El de cosas que suceden literalmente delante de nuestras narices pero que pasan increíblemente desapercibidas. Entiendo que dudes de ello. Más contraintuitivo, imposible. Pero, de veras, a menos que uno se tome la molestia de observarlo, con detenimiento, no es nada fácil de ver. Planea en un nivel justo por debajo del umbral de la consciencia. La mente funciona así.
Pero ¿Por qué eso es importante?
La mente, en general, divaga. He aquí algunos datos relacionados con esta cuestión:
- Tenemos unos 50.000 pensamientos al día, de los cuales aproximadamente el 80% son negativos y el 98% son repetidos de días anteriores.
- Pasamos un 47% del tiempo, según estudios científicos, distraídos y no prestando atención a lo que estamos haciendo. Simplemente, no estamos allí.
- Esto vale para cualquier actividad. También las más placenteras. Sorprendentemente, incluso cuando practicamos el sexo, un 10% del tiempo las personas están distraídas. Sin duda, el mecanismo tiene su potencia.
El mono loco es el símil que representa a esa mente divagante, en la que empiezan a reproducirse películas ficticias, en general de carácter melodramático, causando muchas veces insatisfacción, frustración o ansiedad. Todo ello, sin que nadie esté allí para verlo ni para poner un mínimo de cordura, orden o moderación.
Las consecuencias son múltiples, pero podríamos resumirlas, como mínimo, en que estamos promoviendo nuestra infelicidad, presente o futura, fomentando bajos niveles de atención y de concentración y, por otro lado, no disfrutando realmente de las experiencias del momento.
Otro efecto pernicioso es el de impedir que salgamos del piloto automático. Recuerda lo que explicaba sobre la economía cerebral. Al cerebro no le importa tu felicidad. Pero no porque sea estúpido sino porque no ha sido equipado evolutivamente para ello. Está extremadamente optimizado para la supervivencia. Siendo generosos, para la supervivencia y la reproducción. Pero eso de la felicidad, en su terminología, simplemente no existe. Es algo que tienes que ganarte tú.
Cuando hablo aquí de piloto automático me refiero a que, si no prestamos atención, podemos estar llevando una vida que quizás no deseamos, o perpetuando problemas o conflictos, incluso personales, o no disfrutando realmente de muchas de nuestras experiencias, simplemente por falta de atención. También obedeciendo a patrones mentales o creencias limitantes, no siempre conscientes, solo porque nunca los hemos detectado, y ya no digamos cuestionado. Están actuando fuera del radar y con el mono de protagonista. Para la economía del cerebro es rentable. Veremos por qué. Pero para nuestra felicidad, demasiadas veces no lo es tanto.
Por otro lado, destaquemos el gasto en recursos que esto supone. La energía, por ejemplo hemodinámica, es decir de consumo de riego sanguíneo, que estemos dedicando al mono y a sus erráticos melodramas, no podemos invertirla en cosas tal vez más convenientes, que pueden incluir desde una mayor eficiencia o claridad mental hasta la formulación de nuevas ideas o soluciones.
Ahora bien. Si todo tiene un sentido en biología. ¿Por qué la mente actúa así, de una forma que parece tan poco adecuada?
Un poco de explicación científica
En el centro de la explicación podemos ubicar, una vez más, a la Red Neuronal por Defecto (RND). La RND es un circuito cerebral compuesto por diferentes regiones, entre ellas la corteza prefrontal medial o el giro cingulado posterior. Fue descubierta prácticamente por casualidad y hace bien poco, apenas dos décadas, mientras se realizaban estudios de la actividad del cerebro mediante resonancia magnética.
Se observó, en esos estudios, que cuando uno intenta poner la mente en reposo, sin hacer nada en particular, ciertas regiones del cerebro, que se denominaron RND, se ponían en marcha coordinadamente y empezaba la divagación. Pero la pregunta es ¿Por qué?
El sentido evolutivo que tiene esto, al parecer, es el siguiente:
- Nos ponemos a pensar en nosotros mismos, en nuestros problemas, miedos, recuerdos, planes, fantasías o especulaciones. Esto, de entrada, permite construir lo que se denomina una narrativa del “Yo”, que en textos en inglés suele denominarse el “Self”. Una mínima concepción del “Self” es necesaria para funcionar. Sería muy difícil comprender la realidad o interactuar con ella sin que existiese ese concepto de fondo, el concepto de que existe un “Yo” operando en la realidad. Y la RND es la encargada de seguir construyendo su narración, en esos momentos.
- El cerebro detecta que estamos en reposo, que no hay nada importante que hacer en ese momento. Desde luego, nada que sea indispensable para sobrevivir. Por ello, se pone en marcha. Veámoslo en términos adaptativos. Dado que la vida de nuestros ancestros en la sabana era todo menos fácil, en lugar de descansar en un momento como éste, un lujo que no se podía permitir, el cerebro se dedicaba, por ejemplo, a resolver potenciales problemas por si éstos se presentaban, o a pensar en nuevas maneras de conseguir recursos. Digamos que activaba una especie de simulador en el que analizar opciones y posibilidades de cara al futuro, revisar recuerdos o aprender y elaborar sobre ellos. A modo de recompensa, si se hacía todo esto entregaba un pequeño premio, en forma de dosis de dopamina. El mecanismo, en sí mismo, no está nada mal. Muchas de nuestras grandes innovaciones y nuestra preeminencia como especie surgieron de ese extraordinario simulador, que por otro lado se fue sofisticando con el tiempo. El problema es cuando el mecanismo ya no está adaptado a las demandas reales de nuestro entorno. Cuando se activa con tanta facilidad, sin que sea tan imprescindible como hace 100.000 años. La mente se pasa en ese estado el 50% del tiempo y eso, sin querer ni saberlo, nos hace un poco menos felices.
La cuestión empeora teniendo en cuenta la inclinación del simulador hacia lo negativo. Es decir, la tendencia a enfatizar y recordar especialmente lo malo y a imaginar todo tipo de desgracias futuras. Recordemos lo ya explicado sobre el sesgo de la mente hacia el catastrofismo y la paranoia. Cada vez que salían de la cueva, nuestros ancestros tenían dos opciones. Una era mantener la alerta constante y prestar una mayor atención a los estímulos negativos o las amenazas, reales o ficticias. La otra era atender a la belleza de la flora y del paisaje autóctonos. No hay que pensar mucho para adivinar cuál de las dos opciones era la más conveniente en aquel entorno hostil. De esos ancestros preocupados hemos descendido. Los demasiado estetas, en general, tendían a perecer, muchas veces atacados por sorpresa. En cambio, los ansiosos, los paranoicos, los que anticipaban bastantes más problemas que los que realmente iban a ocurrir, los que se preparaban siempre para lo peor, esos eran los mejor adaptados y los que dejaron descendencia.
Toda esta explicación resulta interesante en un doble sentido:
- Porque ayuda, por un lado, a comprender un poco mejor cómo actúa la mente.
- Pero, por otro lado, porque permite aplacar una parte del sentimiento de culpa que uno puede llegar a tener, como individuo o como especie. En demasiadas ocasiones, incluso cuando se nos intenta ayudar, se nos insiste en lo mal que hacemos todo, como si fuéramos intrínsecamente defectuosos. “Tu mente siempre piensa en lo negativo. Deja de ser un ignorante. Concéntrate en lo bueno que da la vida”. A veces se nos dicen cosas como esta, lo pensamos de nosotros mismos o, peor aún, pensamos eso de otras personas. Que nunca están satisfechas o que se agobian o que agreden a la primera. Eso se suma a la afición a fustigarnos como colectivo. “Los seres humanos somos un desastre. Siempre estamos arruinándolo todo, nos fijamos demasiado en lo negativo, sólo queremos más y más, no nos merecemos un planeta tan hermoso”. Y, en buena medida, es verdad. Pero resulta, tal vez, mucho más compasivo empezar por explicarnos por qué actuamos de esta manera. Empezar por comprender el tipo de software que está ejecutándose en nuestra cabeza, sin que lo hayamos elegido. De qué manera lo hemos heredado evolutivamente y por qué. Para luego, y ya con calma, ver de qué modo podemos, con un poco de esfuerzo y paciencia, eso sí, intentar hackearlo. Y en eso la meditación nos ayudará.
Qué sucede con el mono cuando meditamos
Lo primero que ocurre, desde luego la primera vez, es el triste espectáculo que, como viste, se desarrolló en mi primera meditación. Ese nivel de bochorno es el habitual, no hay que preocuparse. El mono está acostumbrado a ir completamente por libre, y nadie se ha tomado la molestia de controlarle, ni siquiera de observarle. Es una cuestión de hábitos. Las cosas han ocurrido siempre así.
Las primeras instrucciones que uno recibe cuando empieza a meditar suelen ser las de tratar de enfocar la atención, generalmente en la respiración. Se utiliza a menudo la respiración porque es un elemento dinámico, que siempre presenta pequeños matices y cambios en los que nos podemos fijar, y que por otro lado siempre tenemos a mano, aunque estemos sentados y en reposo. Por otro lado, observarla suele calmar.
Una vez recibidas las instrucciones, en esas primeras sesiones sólo pueden suceder dos cosas. Y únicamente dos.
- Que no exista manera humana de enfocar la atención más que unos pocos segundos. Que enseguida se distraiga. Además, que cuando se distraiga transcurran en ocasiones varios minutos antes de que nos demos cuenta y, tras ello, le pidamos que regrese. Aunque tengas delante un equipo de torturadores psicópatas que te aseguren que te juegas la vida si no puedes mantener la atención más de diez segundos, es probable es que ni siquiera de este modo lo consigas. El mono, o si lo prefieres la RND, han funcionado siempre así, por lo que es algo que no puede cambiar de repente. Simplemente, no es neuronalmente posible. Pero eso es, precisamente, una parte de lo que conseguiremos cambiar, para bien, con esfuerzo, tiempo e intención.
- La otra opción es que te haya salido bien y te encuentres pletórico, entusiasta y satisfecho, al haber conseguido enfocarte en la respiración una buena parte del tiempo. Quién te había dicho que esto era difícil. La mala noticia es que este caso es, en realidad, peor, porque significa que ni siquiera te has dado cuenta de la divagación, que quizás puede haberse dado durante una parte sustancial de la práctica. Esto, que resulta sorprendente y poco intuitivo, ha podido ser comprobado mediante estudios científicos. En uno, realizado por un equipo del Reino Unido en 2015, se comprobaba, mediante imagen cerebral, que las personas poco habituadas a la meditación se daban menos cuenta de cuando la mente divaga, por lo que se mostraban más optimistas acerca de cómo había ido la cosa. Habrá que aplicar, pues, las máximas dosis de humildad y de atención.
Como ves, no existe una opción “Qué bien, esto sale a la primera, pasemos la siguiente pantalla”. Sería como pretender entrar por primera vez en un gimnasio y, una vez allí, descubrir que milagrosamente ya estamos cachas, contamos con tableta abdominal de serie y empezamos a levantar pesas sin dificultad. Esto no sucede ni en las películas más mediocres.
Lo habitual, en cambio, es que sea tal el nivel de descontrol que presenta el mono que aquello no haya manera de pararlo. Una locura. Como máximo, con un poco de suerte y mucha atención, conseguir darnos un poco de cuenta.
Para no desanimarte, ten en consideración que suelen requerirse, por término medio, unas cinco sesiones para siquiera advertir que nos distraemos. Existen formas de comprobar esto, gracias a tecnologías de imagen cerebral. En este tipo de experimentos, además, la comprobación no se basa en lo que verbaliza el principiante, sino en lo que indica la máquina. Y ésta acostumbra a revelar que la persona ha podido estar veinte o treinta minutos divagando, aun cuando está convencida de que ha estado enfocada todo ese tiempo.
Cuando te sientas y empiezas a entrar en contacto con esta dinámica de la mente, resulta sorprendente. Y si no realizamos un ejercicio de este tipo, simplemente no lo vemos. No se puede. Tal es el nivel de ignorancia acerca de esta cuestión, que resulta interesante el dato de que en un congreso de neurocientíficos se preguntó cuantos de ellos se habían sentado alguna vez a observar su propia mente. Se levantaron pocas manos. Un dato interesante, a la hora de comprender el retraso con que la ciencia ha emprendido el estudio de este tipo de prácticas y fenómenos o lo poco que han impregnado todavía nuestra cultura.
Así pues, al principio te sorprende la mera tendencia a la continua distracción. Con el tiempo, vas familiarizándote un poco y viendo cómo constantemente acuden a la mente trenes de pensamientos, uno detrás de otro, a veces hilvanados, a veces cambiando de un tema a otro de forma extraña. Con algo más de tiempo, eres capaz de poner pequeñas pausas en medio de esas cadenas de pensamientos o, todavía más interesante, empiezas a detectar patrones, de los cuales extraes conclusiones útiles. Empiezas, con ello, a tener breves momentos de tipo “¡ajá!”. Y, con más tiempo, este mecanismo de monitorización acaba estando activo no sólo durante el intervalo que estás sentado sino fuera de la meditación. Y ahí si que es cuando empiezan a suceder cosas verdaderamente interesantes y relevantes.
Pero hay que sentarse. Y practicar. De veras que no hay otra. Al principio, porque hay que aprenderlo. Y, posteriormente, porque hay que afianzarlo, ya que la tendencia natural de la mente volverá a ser la de divagar. Hay que practicar siempre. Lo que uno pueda. Pero hay que practicar.
Lo contrario sería ser víctima de una especie de ilusión óptica, como la que sucede cuando asistimos a un bueno truco de magia, según la cual tenemos totalmente claro lo que sucede en nuestra cabeza y, de paso, en nuestra vida. Una ilusión alimentada por el economizador que tenemos encima de los hombros, al cual esto de sentarse a meditar le va a parecer una manera absurda de malgastar energía. Está equipado para hacernos continuamente trucos de magia, con tal de que ahorremos. Pero insisto, es una ilusión. La probabilidad de que seas la única persona del planeta a la que no le ocurra esta ilusión, la probabilidad de que tengas una idea perfectamente clara de lo que ocurre en tu mente, es, de veras, muy escasa.
Desde luego, uno puede optar por mantenerse en la ilusión. Pero admitiendo, en tal caso, que quizás se esté moviendo en cierto nivel de ignorancia con respecto a su mente o la realidad. El que sea. Y tal vez renunciando, con ello, a alguna dosis de más felicidad o de menor sufrimiento. Grande o pequeña. La que sea. ¿Pasa algo? No. O quizás sí. No podemos saberlo de antemano ¿Es mejor la comodidad de no hacer nada al respecto? Tal vez. Tampoco es posible adivinarlo.
Lo importante es que uno sea consciente de todo esto, por si le apetece explorar, ver y conocer.
Y, para terminar, la cuestión más importante
Todo esto te puede resultar más o menos relevante. Te invito a darle algunas vueltas y a extraer tus propias conclusiones.
Ahora bien, en todo lo que te he explicado, existe un dato importante, que me traslada siempre a una duda que no consigo quitarme de la cabeza. Quizás a ti también te suceda.
Se trata de una duda inmensa, que acude una y otra vez, mortificando sin piedad.
¿En qué debe estar pensando ese 10%, mientras practica el sexo?
